El restaurante era el epítome de la exclusividad en la ciudad. Las mesas estaban tan separadas entre sí que la privacidad era absoluta, y el suave tintineo de los cubiertos de plata sobre la porcelana fina era el único sonido que se atrevía a romper el ambiente solemne del lugar.
Massimiliano Fitzwilliam estaba sentado en la mejor mesa del salón, luciendo un impecable traje oscuro a la medida que gritaba poder y control. Sin embargo, su expresión tensa y la rigidez de su mandíbula sugerían que