Massimiliano Fitzwilliam se quedó de pie, completamente solo, mirando el bolígrafo abandonado sobre el mármol y la firma temblorosa de Alisson al final del documento. Había ganado. Tenía exactamente lo que quería: su imperio protegido y el problema solucionado. Sin embargo, en lugar de la habitual satisfacción que le producía cerrar un trato impecable, sentía una opresión oscura y desconocida en el pecho.
Apretó la mandíbula, irritado por esa sensación, y presionó el botón del intercomunicador