El reloj de la pared de la agencia parecía haberse estancado. Para Alisson Harper, ese nuevo día en la oficina se había convertido en una réplica exacta de su propia tortura personal. Había pasado las últimas diez horas rehaciendo la campaña publicitaria, cuidando cada píxel, cada paleta de color y cada eslogan. Sin embargo, cuando presentó los avances a media tarde, la respuesta de Massimiliano Fitzwilliam fue otro latigazo público.
Frente a la mirada incómoda de sus compañeros, el magnate hab