En Le Rosey, Fernand contemplaba estupefacto aquello.
Sus labios, tan tersos y suaves como los pétalos de una rosa lo llevaban de nuevo a su paraíso personal, los sedosos cabellos de noche que acariciaba entre sus dedos eran aquel hermoso homenaje a Amaterasu que tanto adoraba, Alfred deseaba que aquellos momentos duraran para siempre, la delicada figura de su amada Ekaterina entre sus brazos era todo cuanto el consideraba necesitar para vivir, nada importaba ni tenía sentido si no estaba ella