Edmond, agotado de sus muchos negocios, recelos y responsabilidades, había llegado hasta esa cafetería que tenía un tiempo sin visitar, pero cuyo piano era majestuoso y le permitían el tocarlo tanto como a él placiera hacerlo, el hombre de cabellos castaños, estaba de nuevo moviendo sus dedos de manera majestuosa y profesional como solo el sabia, sin saber que Juliette, caminando bajo una especie de hechizo dirigió sus pasos hasta la sala de música donde el se encontraba en privado, perdido en