Augusto se relamió los labios con evidente nerviosismo, y tronó cada uno de los dedos de sus manos. Aquella situación estaba escalando a niveles que nunca imaginó posibles, y en el ojo del huracán estaba Ainara.
Tomando las notas de su abogado, las rompió en miles de trozos frente a la mirada atónita del abogado.
—Toma los fondos que tenemos resguardados en el banco estadounidense y soborna a cada familia de cada maldito niño y anciano para que desistan de sus denuncias… — ordenó Augusto.
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