Fernando se encogió de hombros.
— Espero que tengas razón, porque si no pasa nada no habrá valido la pena que te dejarán los cachetes como un par de globos. — dijo el apuesto rubio con seriedad y molestia.
Aitana se río. — Lo valdrá, ya lo verás, confía en mí. Ahora, huelo a qué mi hamburguesa está cerca, ¿Traes alguna contigo? — cuestionó.
— Eres increíble. — respondió Fernando mostrando el paquete de comida que traía consigo.
En la mansión Mendoza, Augusto seguía buscando en el estudio de su