Mirando a la nada, Augusto no marcó ningún número, ni envió ningún mensaje. Estaba solo enfrentando la aceptación de su propia muerte en completa soledad. Escuchaba a lo lejos las voces de los médicos y las enfermeras, escuchaba a los niños llorando en los brazos de sus madres, y escuchaba los llantos de alegría y tristeza que, ante la nueva vida y la oscuridad de la muerte, recorrían entero el hospital.
“Qué ironía ¿Cierto?”
Aquella voz le heló la sangre. Girándose a la ventana, pudo ver a la