Vega me sujetó del brazo con una fuerza calculada y me pegó el cañón frío de su pistola a la sien. El contraste entre la calidez de sus palabras hacía un momento y esta simulación de agresividad me cortó el aliento, pero apreté los dientes. Era el plan. Si entrábamos como salvadores, los hombres de mi padre no dudarían en abrir fuego a quemarropa.
Caminamos hacia la entrada de la bodega. En cuanto los dos vigilantes nos vieron salir de la penumbra, levantaron sus armas. Uno de ellos presionó e