—Ding dong, ding dong... Se acerca la hora de la verdad, Leonardito.
—Te vas a morir, hijo de puta —siseó Vega, ardiendo en odio puro—. Disfruta el tiempo que te queda, porque te voy a encontrar.
Mi padre soltó una carcajada cínica al otro lado de la línea, ignorando la amenaza, y su tono cambió a uno falsamente suave que hizo que se me revolviera el estómago de inmediato:
— Hija, sé que estás ahí... No te preocupes, que te voy a traer de vuelta.
—¡Yo ya no soy tu hija! —le grité, dando un paso