Vega se separó de mí de golpe, se acomodó el vendaje del brazo y salió hecho un demonio. Me arreglé la camiseta rápido y salí detrás de él hacia la sala, sintiendo el pulso retumbándome en las sienes.
Al llegar, Vega se detuvo en seco, con cara de no poder creer lo que veía.
Dos mujeres morenas, de vestidos pegados y mucho maquillaje, caminaban por la sala mirando las pinturas y los muebles como si estuvieran en su propia casa.
—¿Qué carajos hacen ustedes aquí? —gritó Vega, haciendo retumbar la