Quedé enteramente exhausta, sumergida en la piscina y flotando, tan relajada que pareció como si absolutamente todos mis problemas estuvieran resueltos.
O al menos eso transcurrió por unos minutos antes de volver a ponerme a la defensiva.
—¿Qué harás ahora? —pregunté, en alerta, con la mirada severa, aunque estaba desnuda y húmeda.
Maldita sea, había perdido mi virginidad con él. Con un mafioso al cual en mi ingenuidad pensaba que yo intentaba manipular. Era una tonta, una completa tonta que pa