Las horas que precedieron a la reunión de la junta fueron una extraña mezcla de calma absoluta y caos controlado. Por fuera, yo era la imagen de la serenidad. Me movía por la oficina con una eficiencia tranquila, dando directivas a Emma, revisando los últimos detalles de mi presentación y respondiendo correos con una formalidad que bordeaba lo gélido. Pero por dentro, mi cuerpo era un campo de batalla. La adrenalina y las náuseas luchaban por el control, una dualidad que se había convertido en mi nueva normalidad. La CEO y la madre. La estratega y la mujer asustada.
Emma había sido una sombra eficiente a mi lado. Me entregó el informe final de la auditoría a las dos de la tarde, una hora antes de la reunión. Sus hallazgos eran precisos, detallados y profundamente alarmantes.
— Encontré la cuenta offshore — me dijo en voz baja, en la privacidad de mi oficina —. Y la corporación fantasma que la financia. Se llama "Victoria Enterprises". —
El nombre me golpeó como un puñetazo en el estóm