El silencio que siguió a la salida del último miembro de la junta fue más ruidoso que cualquier discusión. La puerta de la sala de juntas se cerró con un clic suave, sellándonos a Xander y a mí en una burbuja de tensión suspendida en el tiempo. El aire estaba cargado, vibrando aún con el eco de mis palabras, con el peso de la batalla que acabábamos de librar.
Yo seguía de pie a la cabeza de la mesa, con las manos apoyadas en la superficie de caoba pulida, sintiendo la madera fría anclarme a la