sitenta y ocho

XENIA

—Oye, voy a ir a trabajar ahora, cariño —susurró Adriel con suavidad, con una voz lo bastante dulce como para hacerme mover lentamente.

—Cuídate —dije con voz ronca, manteniendo los ojos cerrados.

—Marcelline ya está abajo. Solo baja para que puedas desayunar —besó mi frente—. Te daré tu teléfono.

Abrí los ojos ante lo que dijo. Mi teléfono ya estaba en mi mano; él mismo lo había puesto allí.

—¿Estás seguro? —pregunté, frunciendo el ceño. Quería estar segura, porque se sentía como si de r
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