El sonido de cristales rotos cortó el silencio de la noche. Alicia, Anderson y Mark se quedaron paralizados mientras varios intrusos encapuchados irrumpían violentamente en la casa. Los hombres vestidos de negro los rodearon rápidamente, apuntándoles con armas.
—¡No se muevan! —gritó uno de los encapuchados con una voz grave y amenazante.
Jonas dormía plácidamente en el segundo piso, ajeno al caos que se desataba abajo. De repente, se escucharon pasos apresurados subiendo las escaleras. Dos de