Juntos

El amanecer los encontró aún en la barandilla con los cuerpos enredados y la ropa desperdigada en el piso del balcón como confesiones de necesidad mutua. Anderson no se movía. Sus brazos mantenían a Alicia pegada contra su pecho, como si temiera que la noche desapareciera y se la llevara consigo.

—Tenemos que entrar —susurró Alicia, pero no hizo movimiento alguno para irse.

—Todavía no.

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