-Bruno Cicarelli-
Mi teléfono seguía sonando y yo estaba sumido en mis pensamientos, no quería hablar con nadie ¿Por qué no lo entendían?
En eso, la puerta de mi hogar y los gritos de mi ahora jefe se escuchaban casi como graznidos encolerizados.
-¡BRUNO, ABRE LA MALDITA PUERTA O LA TIRO A PATADAS A LA CUENTA DE TRES!
-¡DÉJAME EN PAZ, SCOTT. NO QUIERO VER A NADIE!
-¡PUES TE AGUANTAS!
El crujido de la puerta siendo golpeada por las patadas de ese imbécil era cada vez mas fuertes hasta que de un