Isabel no durmió. Pasó el resto de la noche caminando de un lado a otro por el frío y amplio suelo de la gran biblioteca. El pesado aroma de los antiguos libros encuadernados en cuero y el pulidor de cera de abejas solía actuar como un sedante para su mente hiperactiva, pero esta noche, el aire se sentía tenue y electrificado. Se había quitado el vestido de seda esmeralda con dedos temblorosos, arrojando la prenda de un millón de dólares sobre una silla como si estuviera contaminada. Ahora, env