El descenso fue una eternidad aterradora y sin aliento. El viento helado aulló al pasar por los oídos de Isabel, arrancando violentamente los últimos jirones que quedaban de su vestido de seda carmesí. Apretó los ojos cerrándolos con fuerza y hundió el rostro en la curva del cuello de Santiago. Sintió los músculos pesados y marcados de su ancho pecho tensarse contra ella, preparándose para el inevitable y brutal impacto.
Impactaron contra el agua.
La colisión fue agónica. Se sintió como estrell