La repentina y cegadora iluminación del pasillo restringido del ático escoció los ojos de Isabel. Las duras luces del techo desterraron cualquier sombra, dejándola a ella y a Santiago expuestos sobre la lujosa alfombra. Las pesadas puertas de titanio de la bóveda quedaron selladas permanentemente a sus espaldas.
El aire del pasillo tenía un sabor intensamente metálico. Olía a ozono puro, a cables eléctricos calientes por la trampa activada y al agudo e innegable aroma de una muerte inminente.
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