El sedán negro se deslizó a través de las puertas de hierro forjado de la Hacienda de Luna con la silenciosa y depredadora gracia de un tiburón. Isabel se sentó lo más lejos posible de Santiago en el asiento trasero, con las manos aún temblando levemente contra la fría seda marfil de su falda. Al otro lado de la ventanilla, la luna colgaba baja sobre la extensa propiedad, proyectando sombras largas y esqueléticas a través de los jardines impecablemente cuidados. La mansión se alzaba imponente frente a ellos, una enorme fortaleza de piedra oscura y estuco blanco que parecía más una prisión que un hogar.Santiago seguía siendo una presencia silenciosa y observadora a su lado. No había hablado desde que salieron de la Torre Belmonte, pero ella podía sentir el peso de su mirada. Cada vez que el coche cogía un pequeño bache en el camino, su brazo rozaba el de él. La fricción enviaba una nueva sacudida de electricidad no deseada por su cuerpo, un recordatorio del calor abrasador que él irra
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