Isabel Valeriana de la Cruz se movió como un fantasma sangrante por el opulento *chateau*. Se alejó sin problemas del abarrotado y asfixiante gran salón de baile. Navegó por un laberinto de imponentes pilares de mármol y encontró un pasillo oscuro y muy apartado en el ala este. Las pesadas cortinas de terciopelo negro que forraban las paredes ahogaban la inquietante música del cuarteto de cuerdas, dejando el pasillo en absoluto silencio.
El aire aquí olía a piedra envejecida, a costosa cera par