Elena miró fijamente la pantalla brillante del teléfono celular. La dura luz azul se reflejó vívidamente en sus ojos muy abiertos y aterrorizados. Leyó las líneas de texto digital una y otra vez, con sus pálidos labios articulando silenciosamente el nombre de su propio padre. La dura e innegable comprensión de su propia prescindibilidad hizo añicos su mimada y aristocrática fachada en un millón de pedazos irregulares.
El aire dentro del lujoso camarote principal se volvió asfixiantemente denso.