Esa mismas noche la cena transcurría en una calma engañosa, una burbuja de sofisticación y penumbra que Elliot y Daniela habían intentado construir para protegerse de la tormenta que arreciaba fuera.
En el comedor del ático, las luces de Manhattan brillaban a través del cristal como una galaxia distante, recordándoles que, aunque se sintieran solos en aquel refugio de mármol y seda, el mundo seguía conspirando en su contra.
Elliot observaba a Daniela a través de la llama de las velas, su mirad