El sol de mediodía en las Bahamas, que hasta hace unos segundos era una caricia sobre la piel de Daniela, se transformó de golpe en un peso asfixiante.
La sombra que se proyectaba sobre ella no era la de una desconocida, ni la de la prensa.
Era una sombra que conocía demasiado bien; una que olía a ambición, a resentimiento y a una obsesión que no parecía tener fin.
Daniela se incorporó con un movimiento brusco, sacudiéndose la arena de los brazos mientras el corazón le martilleaba las costill