El amanecer en las Bahamas entró en la suite teñido de un azul pálido y oro.
El sonido constante del oleaje rompiendo rítmicamente contra los pilares de la villa era la única banda sonora de una mañana que se sentía peligrosamente irreal.
Daniela despertó sintiendo el peso reconfortante de un brazo sólido rodeando su cintura, una ancla de carne y hueso en medio de tanta farsa.
Estaba pegada a la espalda de Elliot, cuya piel emanaba un calor natural que la hacía sentirse extrañamente segura, a