Elliot se quedó inmóvil un segundo, contemplándola.
Daniela yacía allí, esposada al cabecero, las piernas abiertas y temblorosas, el sexo hinchado y brillante, las mejillas surcadas de lágrimas de frustración.
Su pecho subía y bajaba con respiraciones entrecortadas, los pezones duros como piedras bajo la tela arrugada.
Él se inclinó y le quitó las esposas con movimientos deliberadamente lentos, liberando primero una muñeca, luego la otra.
Daniela soltó un gemido de alivio mezclado con decepc