Hablaron durante un buen rato, dejando que la adrenalina del encuentro anterior se asentara en sus pechos como ceniza cálida.
Finalmente, el cuerpo de Daniela reclamó algo más que caricias; el hambre empezó a hacerse notar.
Elliot, detectando la debilidad en su voz, decidió que era hora de alimentarla.
Sin decir mucho, se puso los vaqueros con una agilidad envidiable y desapareció en dirección a la cocina, no sin antes ordenarle con un tono cargado de autoridad que se quedara exactamente dond