Daniela caminó hacia los baños del restaurante con las piernas inestables.
Cada paso hacía que la seda esmeralda se deslizara contra su piel desnuda, recordándole que no llevaba nada debajo.
El vestido abrazaba sus curvas como una caricia perversa, y el roce constante contra sus pezones endurecidos y su sexo hinchado la tenía al borde de la locura.
Entró en el cubículo más alejado, cerró el pestillo con manos temblorosas y apoyó la frente contra la pared de mármol frío.
Respiraba con dificul