El trayecto de regreso al ático desde el Lower East Side fue un borrón de luces de neón y lluvia golpeando contra los cristales del coche.
Elliot mantenía una mano firme sobre el volante, mientras que la otra apretaba la de Daniela con una fuerza que denotaba tanto alivio como una furia latente que finalmente tenía un objetivo claro.
En el bolsillo de su chaqueta, el teléfono móvil contenía el arma termonuclear que Miller y Fabián habían puesto en sus manos: la prueba de que Elliot Vance no e