Daniela se despertó sintiendo el peso de la noticia de la noche anterior, una presión en el pecho que no la había abandonado ni siquiera en los momentos de mayor intimidad.
Elliot estaba ya despierto, sentado en el borde de la cama con el teléfono en la mano, su rostro iluminado por el brillo azul de la pantalla.
Al sentir que ella se movía, dejó el móvil y se giró para depositar un beso suave en su sien.
—He estado pensando —dijo él con voz ronca—. No vamos a decirle nada a mi abuela sobre la