EMILIA
El silencio después de esas palabras fue como un balazo en el aire, de esos que nadie esperaba. Podía oír cómo mi respiración se volvía un ruido obsceno en medio de ese vacío que acababa de tragarse el vestíbulo. Mis ojos estaban fijos en los de mi padre, pero en realidad no veía nada. Solo escuchaba el eco brutal de su confesión rebotando en mi cabeza.
"Sofía no es mi hija."
Él lo sabía, por supuesto que lo sabía. Sentía el dolor de mi papá ante la realidad de que Sofía, mi hermana, no e