EMILIA
La oficina de Brandon olía a café tibio y mezclado con su perfume amaderado que me volvía loca, como si los secretos se escondieran entre los susurros de las paredes. Estaba sentada frente a un puñado de hojas blancas que había tomado del escritorio de mi marido, donde trabajaba con ideas para una nueva historia de Bishop Moon abierto.
Apoyé los codos sobre la mesa y froté mis sienes. Había tratado de escribir algo, aunque fuera una escena corta, un párrafo o una línea. Pero no podía conc