EMILIA
No sabía qué pensar respecto a que me encontraba encerrada en una oficina vacía con uno de los amigos más cercanos de mi esposo. Deducía que era su mejor amigo porque había pasado con él la noche de bodas.
El silencio de la oficina vacía era distinto al del pasillo. Aquí, el aire pesaba. Las paredes parecían guardar secretos viejos, polvo y memorias que no les pertenecían. El lugar tenía ese olor a madera reseca y encierro, olvido, a algo que alguna vez fue importante.
Adam estaba frente