BRANDON
No podía dejarla ir.
No después de leer ese maldito mensaje. No después de verla ahí, en mi casa, con su cabello enredado por el viento y los ojos cargados de todo lo que habíamos callado.
Guardé el teléfono en el bolsillo, forzando una sonrisa que sabía que no engañaría a nadie.
— ¿Todo bien? —preguntó Emilia, frunciendo el ceño.
Mentirle era lo último que quería hacer, pero decirle la verdad podría ponerla aún más en peligro. Pero es que ni siquiera yo tenía idea de qué era lo que esta