EMILIA
Brando había reservado una de las mejores mesas en el restaurante libanés, para desayunar. Parecía sacado de una película. Todo era elegante y con un aspecto boho al mismo tiempo. Me encantaba, pero ninguna de esas cosas me impresionaba tanto como el hombre que me esperaba de pie junto a la mesa más alejada.
Brandon.
Traje oscuro. Reloj dorado en la muñeca. Y esa sonrisa suya que no mostraba dientes, pero que tenía el poder de hacerme temblar por dentro. Sin embargo, iba con cautela. Por