EMILIA
Dimos vueltas por la habitación porque el nerviosismo de mi marido era bastante evidente. No paraba en dar círculos a manera de tranquilizarse.
Era una fortuna que el personal de la casa estuvieran en sus habitaciones o en las áreas de limpieza, porque esta discusión era privada y seguíamos en el vestíbulo.
Dejé la copa de vino, que temblaba entre mis dedos, sobre la mesita de centro, pues la desesperación sorda que me estaba consumiendo por dentro no me dejaba mantener el equilibrio.