La seda se deslizó por la piel de Angélica, acumulándose en un charco silencioso a sus pies. Con una calma que desafiaba la tensión del momento, retiró con lentitud cada pie por fuera de la tela, quedando expuesta ante la mirada voraz del Ruso. No tuvo que pensarlo demasiado; estaba ahí con un propósito claro y, en su mente práctica, pagar de esa forma le resultaba un intercambio sumamente conveniente. Los ojos del hombre la recorrieron con lentitud y descaro deteniéndose en el contraste del en