Había pasado una semana desde que la tragedia se instalara en la mansión Campbell, y la calma en la nueva casa de Benedict era solo una fachada que Angélica sostenía con dificultad. Se encontraba en la terraza de la habitación junto a su madre, observando el horizonte, cuando su teléfono vibró. Era un mensaje del Ruso. El hombre de los tatuajes no se andaba con rodeos: quería verla esa misma noche en una dirección específica y le exigía puntualidad, añadiendo que le enviaría algo de antemano. A