Angélica no perdió el tiempo en mostrarse incómoda ni sorprendida. Al contrario. Su sonrisa fue amplia, casi perfecta. Tomó a Catalina del brazo con elegancia y dio un paso al frente antes de que Emma pudiera reaccionar.
—Robert Campbell, qué gusto —expresó con naturalidad impecable, como si hubiera estado esperando ese momento toda la vida.
Robert sujetó su mano con cortesía.
—El gusto es mío, señora Spencer.
—Permítame presentarle a mi madre, Catalina —añadió Angélica con una leve inclinación