Robert se quedó mudo, procesando la confesión de su hijo con una mezcla de horror y escepticismo que se fue desvaneciendo al ver el estado lamentable de Emma. Sus ojos bajaron hacia la joven, notando el rímel corrido y la forma en que sus hombros no dejaban de sacudirse por el llanto contenido. No podía creer que su nieto fuera capaz de semejante bajeza en plena boda familiar, pero tampoco se atrevía a dudar de la palabra de Benedict, cuya furia era tan genuina que todavía hacía vibrar el aire