Altagracia no perdió ni un segundo. Sus gritos pidiendo auxilio rasgaron el aire del pasillo de servicio, atrayendo de inmediato la atención de Robert, quien todavía intentaba asimilar el desastre provocado por su nieto. Al ver a Mariana doblada por el dolor, con la seda de su vestido manchada de ese rojo aterrador, el hombre sintió que el mundo se le venía encima. No hubo tiempo para llamar a una ambulancia; Robert ordenó a sus hombres que despejaran la salida trasera y, en menos de un minuto,