Agatha avanzó por los pasillos de la mansión, cada paso resonando en su mente como un tambor que marcaba su creciente ansiedad. La revelación de Aziz había desatado un torrente de emociones que la invadía: ira, tristeza y, sobre todo, confusión. Quería confrontar a Samer, pero las palabras se amontonaban en su garganta, listas para estallar y, al mismo tiempo, temía lo que podía suceder.
Al llegar a la puerta de su habitación, respiró hondo y tocó. La voz profunda de Samer la invitó a entrar, y