El viento aullaba con fuerza, como si quisiera gritar lo que ellos temían callar. En el borde del acantilado, Agatha observaba el horizonte, sus pensamientos tan turbios como las nubes que cubrían el cielo. A su lado, Samer permanecía en silencio, también atrapado en sus propios recuerdos. Sabían que la calma que había seguido a la tormenta era solo un espejismo. Algo más estaba por venir.
—No me gusta este lugar —dijo Agatha sin apartar la mirada del mar embravecido, como si el sonido del agua