Reina
Desperté desorientada.
Durante unos segundos, no me moví, casi no sabía cómo. Sentía el cuerpo pesado y sin huesos, como si me hubieran escurrido y dejado secar. Las sábanas debajo de mí eran más suaves que las de mi habitación. Estas eran más gruesas, más oscuras, y también olían diferente.
No olían a lavanda, ni a ese ligero aroma cítrico que usaban en el ala de invitados. En cambio, olían a él.
Abrí los ojos de golpe. Esta no era mi habitación. Ni siquiera era la nueva. Era la suya.
El