Reina
La guerra no llegó con suavidad.
No se gestó lentamente ni esperó permiso. Nos arrolló, ruidosa y despiadada, devorando todo a su paso hasta que no quedó nada más que acero, sangre y supervivencia.
Casi me había dado por vencida, porque, al parecer, intentar convencer a otros de luchar junto a un líder cruel no era tan fácil como pensábamos.
—¿Por qué deberíamos ayudar? —preguntó un hombre con el ceño fruncido.
—¿Guerra? —exclamó otro furioso—. Que entren, para que acaben con nuestra mise