Al abrirse la puerta, la mujer de afuera le sonrió cortésmente a Valeria.
—Señorita Ramírez, soy la empleada de la Villa de Esmeralda. ¿Recuerdas que cuando fuiste a comer allí, me pediste unas ciruelas ácidas?
—¡Ah, eres tú! —Valeria recordó por qué le resultaba familiar—. Lo siento, últimamente tengo mala memoria.
—No hay problema. El señor Adrián mencionó que no tienes empleados aquí y me envió para cuidarte. Si quieres, puedes llamarle para confirmarlo, —Ana sonrió.
—No es necesario, —Valeri