Para cuidar de Mauricio y su esposa, Iker había liberado el mejor y más aislado pequeño manantial para que ellos disfrutaran. Al lado del manantial, había un pabellón adornado con flores de acacia en plena floración, donde podían descansar, tomar algo de jugo y jugar ajedrez, una verdadera delicia.
Era de noche, y las luces del camino al manantial se encendieron, bañando la escena con una luz suave y etérea que hacía que el pabellón resplandeciera mágicamente.
Valeria, apoyando a Mauricio, entró