XXIV
—Estás muy callado esta mañana, es raro ahora que parece que tienes mucho que decir y opinar de todo.
Leo, quien estaba a la cabeza de la mesa, retaba un poco a su marido que se había sentado muy lejos de él, a su costado izquierdo. Lo veía con desespero, como revolvía con la cuchara el bol con el cereal y no llevar ni un bocado a sus labios. Abel, quien apenas le miraba de reojo con terror, se detuvo en seco.
—No tengo apetito. Realmente no tengo ganas de nada. —Viró a verlo con casi u